miércoles, 15 de julio de 2009

nota sobre Y DE REPENTE FUE AYER


la figura de Boris Izaguirre está marcada por su verbo y sus actitudes televisivas. Y en cierto sentido, lo que une al protagonista de Y de repente fue ayer con el escritor es precisamente eso: ser víctima propiciatoria de su verbo, ya sea oral o escrito, memorial o circunstancial.

la novela se desarrolla en Cuba, comienza poco antes de mediados del siglo XX, en las provincias orientales de la siempre convulsa isla caribeña, en un lugar de nombre que parece inventado, pero que existe: Limpio Chiquito, en el entorno de la provincia de Holguín. Luego aparece La Habana, una ciudad radiante, solar y pegada a un mar inclemente que se vuelve telón de fondo «activo» con sus olores, rumor y omnipresencia. Holguín es una ciudad (y región) asediada por escritores en todos sus ángulos, de ahí que no sea gratuito que se desarrolle en Limpio Chiquito el mundo «operístico» de esta singular novela, de lectura creciente y de lenguaje cautivador, un lenguaje que a veces hace guiños a las novelas radiales, que son la génesis natural de las telenovelas, en las que el venezolano se inició y en las que maduró su escritura, a veces ligera y a veces tocada de un colonialismo singular y cercano al hedonismo de espejo.

una reseña de un libro no debe contar el final, y no voy a faltar a esa máxima, pero diré que los personajes de Efraín (el escritor de novelas radiales) y Óvalo, el efebo que se vuelve dominador estético del libro y de la acción (ya esté presente o simplemente evocado como icono de devota perfección apolínea) son un recurso literario usado vehementemente para hablar de sentimientos y pasiones inconfesadas. El hilo conductor utilizado por Boris ―y punto de partida― fue un libro de Reinaldo González donde se analizan los meandros de la novela radial en Cuba y donde hay una larga entrevista a Félix B.Cañet, autor de la famosa El derecho de nacer, radionovela cuyo meollo argumental no ha dejado de colear y reproducirse en los destinos de varios subgéneros, desde la más vulgar novelita romántica a las ampulosas y costosas telenovelas de hoy. González expande las influencias de este autor a todo el ámbito latinoamericano; Boris, sin embargo, se sabe a sí mismo deudor de esa tradición donde lo espurio se alía al estilo camp y sobre ello metaforiza a placer.

Y de repente fue ayer arranca sonrisas pero tiene un regusto amargo de historia no concluida, de búsqueda de una huella donde pisar para reconocerse y no perderse en la selva de la vida ajena.

(Roger salas, Shanguide, junio/09)