martes, 25 de mayo de 2010

Malditos

lo último de Luis Antonio de Villena se titula Malditos y es una novela. En ella, el prolífico y poliédrico escritor madrileño vuelve a una época que ya había visitado con anterioridad, a los tiempos de «la movida». Y podría haberlo hecho a modo de crónica, intentando ser lo más fiel posible a la realidad y utilizando los nombres verdaderos de los protagonistas; o también podría haberse inventado una historia de arriba a abajo que encajase bien dentro del espíritu de aquellos años. Pero el «travieso» autor decidió buscar un punto (más o menos) intermedio y juguetear un poco con los personajes, las fechas y los hechos.

Así, al principal protagonista de la historia ―y principal maldito― lo bautiza como Emilio Jordán, aunque enseguida uno se percata de que se trata de un trasunto del malogrado Eduardo Haro Ibars (1948-1989), que ya aparecía por las páginas de Madrid ha muerto (1999). Quien nos cuenta la historia es Luis de Lastra, un sosias del propio Villena que algunas veces manifiesta ciertas dudas al recordar algo ―como le pasaría a cualquiera― y otras reproduce diálogos o escenas como haría cualquier narrador omnisciente que se precie. De un modo no lineal, salpicado de numerosas reflexiones, Lastra nos habla de los años tangerinos y de la peculiar familia de Jordán, de su amistad en los años 70, de la rebeldía de unos jóvenes que, en los grises años del tardofranquismo, se lanzaron a vivir la vida a tope..

Años que, más que los de «la movida» en sí (como se indica en la contracubierta del libro), son los 70, los previos a esa eclosión más desenfadada que todos identificamos con Alaska y los Pegamoides o Almodóvar. Entonces la contracultura era más intelectual, aunque también había mucha juerga, litros de alcohol y experimentación con el sexo y las drogas. Algunos se quedaron por el camino, como el propio Jordán, o como Alberto Cardín que, por el motivo que sea, sí aparece por aquí con su nombre, al igual que Leopoldo María Panero, Juan Cueto o el entrañable Emilio Sanz de Soto. Luis Antonio de Villena nos ha querido contar así sus recuerdos de aquellos años, y lo ha hecho ―cómo no― con su prosa esmerada y refinada (y con la habitual profusión de paréntesis y rayas para matizar). y por supuesto, con la calidad literaria marca de la casa.

(Bernardo M. Briz, Shanguide, abril 2010)