martes, 24 de febrero de 2009

MEMORIAS DE UN AHOGADO, primera novela de Juana Cortés Amunárriz


Memorias de un ahogado es una novela de iniciación; un viaje que comienza desde el fondo de las entrañas. Jota es alcohólico, un fracasado y un homosexual que no se ha reconocido como tal. Una terapia introspectiva, un arrastrar de pies y de tabúes y, poco a poco, y de la mano de Miguel, Jota se adentra en el terreno desconocido de la desnudez del alma y de los cuerpos. Miguel se convierte en la pieza clave de su vida; gracias a él Jota visita el mundo desde otro prisma; conoce el sexo en las saunas, la libertad del individuo fuera de las pautas políticamente correctas, la ternura y las múltiples caras del ser complejo sin complejos.

Miguel es también Silvia, una mujer despampanante que se lleva de calle a cualquier curioso. A partir de este momento la historia coge un ritmo zigzagueante, vertiginoso, tierno y desgarrado a la vez; una enseñanza cuyo reto está en construirse uno mismo de acuerdo con sus principios, sus intuiciones. Construirse continuamente, adaptarse, crecer. Jota, sin darse cuenta, ha construido su propio mundo, su propia familia y, consciente de que todo cambia, de que nada es estático, se siente, por primera vez, satisfecho.

JUANA CORTÉS ALMUNÁRRIZ, escritora nacida en Hondarribia, Guipúzcoa (1966), es licenciada en Filosofía por la Universidad del País Vasco. Reside en Madrid, donde inicia su trayectoria literaria en el año 2004. Ha obtenido diversos premios de relato, entre los que destacan el Segundo Premio Hucha de Oro, el premio Pedro de Atarrabia, o el Gaceta de Salamanca. Además de Memorias de un ahogado, su primera obra, tiene escritas varias novelas cortas y se ha iniciado recientemente en literatura infantil y juvenil.

lo que dice la autora:
«yo tenía una capacidad, un don quizás, pero, como en los cuentos, temía que se convirtiera en una maldición o un castigo. A mí me crecían historias, ajenas a mi voluntad y a mi control. Al principio, confundida, no se lo quise contar a nadie y lo guardé en secreto. Debía domesticar ese hábito; acostumbrarme a él y alimentarlo. No fue fácil. Nunca en mi vida había tenido mascota y tenía poca paciencia. Un día escribí un cuento y, ante mis ojos, se convirtió en gato y me arañó el corazón. Me dejó el ánimo perturbado y la sensación de haber tocado ceniza con la yema de los dedos. Luego llegaron otros. Me hacían compañía y aprendí a jugar con ellos. Sin darme cuenta creé un mundo propio con mis fantasías y mis anhelos, poblado de niños enfermizos y mujeres transparentes, de animales mágicos y seres desconcertantes. Empecé a observar y a escarbar entre los fragmentos de vidas ajenas. Me convertí en buscadora de historias, paleontóloga, espeleóloga del sentimiento. Las palabras caminaban agarradas del brazo y las historias se crecían, volaban, se me iban de las manos.»